EL DÍA QUE LA ÉLITE DEL SACRO IMPERIO SE AHOGÓ EN LA MIERDA
Hay muertes épicas: cargando contra el infiel, defendiendo un muro o en un duelo al amanecer. Y luego está lo ocurrido en Erfurt en 1184. Eso fue una “cagada” histórica en el sentido más literal y menos metafórico posible. Al lío.
Tenemos al futuro emperador, Enrique VI de Alemania, que convoca una Dieta en nombre de su padre el emperador del Sacro Imperio Federico Barbarroja. Como todos sabéis, nada que ver con problemas de sobrepeso (¿o sí?), sino con una asamblea de altísima alcurnia para mediar, en este caso, en las broncas territoriales entre el arzobispo Conrado de Maguncia y el landgrave Luis de Turingia. Lo mejor de cada casa: condes, barones y caballeros con más títulos que escrúpulos.
Se juntaron todos en la planta superior del monasterio de San Pedro de Erfurt . Aquello estaba hasta la bandera. Imaginad la escena: decenas de señores feudales bien alimentados, con sus mejores galas (túnicas, capas de piel…), armas, acompañados por sus séquitos y un mobiliario de roble que no era precisamente ligero. El suelo de madera del monasterio, más acostumbrado a las sandalias de monjes silenciosos que al taconeo de la aristocracia germánica, empezó a pedir clemencia. Las vigas, que probablemente llevaban décadas pudriéndose en silencio, dijeron basta. Y entonces, ocurrió.
A mitad de la charla, la madera crujió. El suelo colapsó y, en un efecto dominó digno de una comedia grotesca, los ilustres culos de la nobleza del Sacro Imperio cayeron al vacío. Pero lo peor no fue la caída desde el segundo piso, lo peor fue el lugar de aterrizaje. Justo debajo de la sala de reuniones se encontraba el pozo ciego del monasterio. Sí, el depósito de la mierda.
El resultado fue terrible: unos 60 nobles y caballeros murieron en el acto. Algunos por el impacto de las vigas, pero la mayoría se ahogaron en una sopa de purín y excrementos medievales. Morir por la espada es de héroes; morir hundido hasta las orejas en los residuos acumulados de una orden religiosa es, como poco, una cura de humildad para cualquier linaje. Las cronistas de la época, con una contención que les honra, lo denominaron “Erfurter Latrinensturz” (el hundimiento de la letrina de Erfurt).
¿Y qué fue de Enrique VI? Pues que se salvó de chiripa. En el momento del colapso, consiguió agarrarse a la mampostería y quedó colgado mirando con ojos como platos cómo toda la élite de su reino chapoteaba en la inmundicia hasta exhalar su último suspiro. Tuvieron que sacarlo de allí con escaleras de mano mientras el hedor subía desde el abismo.
