Una de terror: Mi madre me torturaba sacándome las uñas,

Mi madre me torturaba sacándome las uñas, cada vez que veía algo sucio en la casa, o si fallaba con un examen en la escuela, ella presionaba mi uña con un alicate, la tomaba con fuerza y la levantaba hasta que saliera volando, el dolor era tan intenso, pero tenía prohibido gritar o llorar, eso solo hacía que me arrancara otra. Cuando se acaban las de mi mano, tomaba las uñas de mis pies, a veces ni siquiera dejaba que volvieran a crecer, lo que duplicaba el dolor.

Yo tenía una hermana menor, a ella nunca le decían nada, tampoco tenía que ayudar en casa y sus notas eran promedio. A ella no la torturaba, más bien pasaba todo el día llenándola de amor y afecto, lo que no solo era injusto para mí, sino que también molesto, pues a cada rato tenía que soportar las desesperantes comparaciones: “¿por qué no eres como tu hermana?”, “si fueras como ella no te pasarían estás cosas”, “mira que linda se ve con su vestido, no como tú, que no sirves para nada”. Las odio, odio a mi madre y a mi hermana.

Un martes diecisiete de junio intenté escapar, no llevé mochila, ni comida, pero me daba igual, lo único que me importaba era salir de ese infierno. Lastimosamente, no lo logré, mi madre ya estaba afuera esperándome con los brazos cruzados, al otro lado me observaba mi hermana, ella fue la que se dio cuenta y le avisó.

Mi mamá me tomó por el brazo, lo hizo con mucha fuerza, me arrastró de regreso hasta la habitación, la que ella le gustaba llamar: “cuarto de castigo”. Allí me amarró a la silla y buscó su alicate.

—No creas que te voy a dejar escapar tan fácil, si quieres irte lo harás, pero antes pagarás por todo —dijo antes de presionar y jalar, separando la uña de mi dedo índice.

Como siempre, ahogué mi grito mordiéndome la lengua, busqué a mi hermana con la mirada, ella siempre le encantaba estar presente mientras mi mamá me torturaba, pero esta vez no la encontré por ningún lado.

—Crees que te puedes ir como si nada, ¿qué pensabas?, ¿irte a trabajar?, ¡JA!, como si alguien contratará a una niña inútil que ni siquiera puede hacer la más simple de las tareas bien.

Otra uña salió volando, sentía como me palpitaba la mano entera y la tibia sangre se deslizaba entre mis dedos. Lágrimas bajaron de mi rostro en contra de mi voluntad, me aterraba que se diera cuenta, pues sabía que se volvería peor.

—Y aun así consiguieras empleo, ¿quién crees que te dio esa posibilidad?, tú saliste de mí y por ende todo lo que hagas es de mi prioridad, si trabajas, el dinero es mío, tan sencillo como eso.

Ella colocó el alicate en mi dedo anular y jaló con fuerza, pero la uña no salió, volvió a jalar y como si estuviera pegada a mi hueso no se terminaba de salir, siempre parecía estar enterrada más y más profundo, mostrando también una extraña masa blanca y viscosa que lo mantenía todo unido.

—¡Pero qué demonios es esto! —dijo antes de aplicar más fuerza, una mezcla de la masa blanca y pus siguieron saliendo. Sentí un leve cosquilleo en el brazo, que fue bajando hasta llegar a mis dedos, entonces, desde la abertura que había dejado la herida que ella hacía con el alicate, salió una lombriz enorme, se enrolló en la mano de mi madre con mucha fuerza. Ella gritaba mientras intentaba soltarse, al mismo tiempo que otras lombrices y gusanos emergían y subían por su cuerpo, uno de ellos se enrolló en su cuello y la estrangulaba, los demás entraron en su piel y se comían su carne, algunos llegaron hasta sus ojos y se enterraban dentro, vaciándolos en una escena horripilante.

Cuando mi madre cayó inerte al suelo, vi a mi hermana entrando a la habitación llorando, en su mano tenía un libro negro, era bastante extraño y decía: “Manual de hechicería demoníaca”.

—Ya está listo hermana —dijo entre sollozos—, ya logré deshacernos de mamá, no tienes por qué correr, ya nadie te hará daño. Por eso no te dejé escapar, la que tenía que irse era ella. Perdóname por tardar tanto. Te amo.

—Enmanuelle Ferreira.


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