No hay mejor forma de empezar el día que poniéndote en las manos de Dios.
Antes de preocuparte por las tareas, antes de encender el celular o distraerte con el mundo,
recuerda quién te da el aliento de vida.
Cada mañana despierto y Dios me regala un nuevo día para amarle y confiar en Él.
No es casualidad abrir los ojos; es una oportunidad de vivir para Él,
de crecer en fe,
y de servir a los demás con un corazón agradecido.
Que tu primer pensamiento sea una oración, y tu primer suspiro, un acto de amor a Dios.
Así tu jornada estará llena de paz, porque Dios siempre bendice al alma que lo busca desde temprano.
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