Durante treinta años, un loro gris africano obligó a la ciencia a reconsiderar una pregunta que parecía resuelta: ¿los animales que imitan palabras comprenden realmente lo que están diciendo?
Se llamaba Alex y fue adquirido por la investigadora Irene Pepperberg en una tienda de animales en 1977, cuando tenía aproximadamente un año. Pepperberg no lo eligió por parecer especialmente inteligente; pidió que otra persona lo seleccionara para evitar la acusación de haber buscado deliberadamente un ejemplar excepcional.
El estudio comenzó en la Universidad Purdue y acompañó posteriormente a Pepperberg por Northwestern, la Universidad de Arizona, el MIT, Harvard y Brandeis. Su propósito no era enseñar a Alex a conversar como una persona, sino utilizar palabras como una herramienta para investigar lo que ocurría en su mente.
Para entrenarlo, Pepperberg empleó el método del modelo y rival. Dos personas interactuaban frente al loro: una hacía preguntas y la otra respondía, recibía el objeto solicitado cuando acertaba y lo perdía cuando se equivocaba. Después intercambiaban los papeles. Alex observaba que las palabras no eran sonidos vacíos, sino medios para identificar objetos, solicitar cosas y participar en una interacción.
Con el tiempo desarrolló un vocabulario confirmado de más de cien expresiones. Podía reconocer cerca de cincuenta objetos, distinguir siete colores y varias formas y materiales. También comprendía conceptos como “igual”, “diferente”, “más grande” y “más pequeño”, relacionaba cantidades con números escritos y era capaz de contar hasta seis.
Uno de sus resultados más sorprendentes apareció durante una prueba numérica. Pepperberg colocó grupos de objetos de distintos colores y le preguntó: “¿De qué color hay tres?”. Alex respondió repetidamente: “Cinco”. Cuando la investigadora, frustrada, cambió la pregunta y le pidió que indicara el color del grupo de cinco, él contestó: “Ninguno”.
No existía un grupo de cinco objetos.
Alex había utilizado espontáneamente una palabra que ya conocía para expresar la ausencia de una cantidad. En pruebas posteriores volvió a responder correctamente ante conjuntos inexistentes, un comportamiento que Pepperberg interpretó como evidencia de una comprensión semejante al concepto de cero.
Las pruebas incluían controles para reducir la posibilidad de que el ave respondiera a gestos involuntarios. Diferentes estudiantes formulaban las preguntas, los objetos cambiaban de posición y, en algunos experimentos, quien evaluaba la respuesta no conocía de antemano la solución. Aun así, Pepperberg evitaba afirmar que Alex dominara un lenguaje humano completo: prefería describir su sistema como un código de comunicación bidireccional.
También podía utilizar expresiones fuera de las pruebas. Pedía regresar a su jaula, solicitaba alimentos concretos y protestaba cuando recibía algo diferente. Al encontrarse por primera vez con una manzana, la llamó “banerry”, posiblemente combinando las palabras que conocía para banana y cereza al observar su interior claro y su piel rojiza.
Una historia muy difundida asegura que, al mirarse en un espejo, Alex preguntó: “¿De qué color?”, y aprendió que era gris después de escuchar la respuesta seis veces. Con frecuencia se presenta como la primera pregunta existencial formulada por un animal.
Sin embargo, esa afirmación debe tratarse con cautela. La anécdota no posee el mismo respaldo experimental que sus estudios sobre colores, formas y números, y no permite asegurar que estuviera reflexionando sobre su propia identidad como lo haría una persona. Lo comprobado es que Alex y otros loros del laboratorio aprendieron a formular preguntas como “¿qué color?” en situaciones apropiadas, después de comprender la función que tenían durante el entrenamiento.
Alex murió inesperadamente durante la noche del 6 de septiembre de 2007. Tenía 31 años y se había mostrado saludable el día anterior. La necropsia inicial no encontró una causa evidente para su fallecimiento.
La última vez que Pepperberg lo vio, Alex pronunció las palabras con las que solía despedirse de ella:
“Pórtate bien. Te quiero. Nos vemos mañana”.
No fue una despedida profética preparada para el final, sino una rutina repetida muchas noches. Precisamente por eso resulta tan conmovedora: ambos esperaban encontrarse de nuevo al día siguiente.
Pepperberg continuó investigando con otros loros, especialmente Griffin. Pero Alex dejó una huella difícil de repetir. No demostró que los animales piensen exactamente como los seres humanos ni que cualquier loro comprenda todo lo que pronuncia.
Demostró algo quizá más importante: detrás de una voz que parecía limitarse a imitar sonidos podía existir una mente capaz de clasificar, comparar, contar, elegir y comunicar lo que quería.
Durante años, la ciencia creyó que Alex solamente repetía palabras.
Alex pasó su vida demostrando que también sabía cuándo utilizarlas.
