Mucho antes de que una pequeña tira pudiera revelar un embarazo en minutos, médicos de la Antigüedad recurrieron a ajos, cebollas, orina y semillas.
Sus métodos hoy parecen extraños, pero también muestran uno de los primeros intentos de interpretar las señales ocultas del cuerpo.
En algunos textos atribuidos a la tradición hipocrática griega aparece una prueba destinada principalmente a evaluar si una mujer podía concebir.
Se colocaba ajo u otra sustancia de olor intenso dentro de la vagina y se esperaba hasta el día siguiente. Si el olor podía percibirse en su aliento, se consideraba que existía un conducto abierto entre los genitales y la boca.
Aquellos médicos imaginaban el cuerpo femenino como una vía continua. Si el aroma ascendía, la mujer sería fértil; si no lo hacía, suponían que alguna obstrucción impedía la concepción.
La anatomía real no funciona de esa manera. El aparato reproductor y el sistema digestivo no forman un conducto por el que pueda viajar el olor desde el útero hasta la boca.
Sin embargo, la práctica sobrevivió durante siglos en distintas variantes y terminó siendo presentada también como una prueba de embarazo.
Otra técnica todavía más antigua apareció en Egipto.
Un papiro de aproximadamente 1350 antes de nuestra era indicaba que una mujer debía orinar durante varios días sobre semillas de trigo y cebada.
Si ninguna germinaba, se consideraba que no estaba embarazada. Si comenzaban a brotar, el resultado era positivo.
Los egipcios también creían que el cereal que creciera primero revelaría el sexo del bebé: uno anunciaría un niño y el otro una niña.
Esta última parte no funcionaba, pero la prueba de embarazo tuvo un resultado sorprendente cuando fue examinada en el siglo XX.
En 1963, investigadores repitieron el procedimiento utilizando orina de mujeres embarazadas, mujeres no embarazadas y hombres. En cerca del 70 % de los embarazos, la orina favoreció la germinación, mientras que muchas de las otras muestras no lo hicieron.
Los científicos han propuesto que los cambios hormonales presentes en la orina durante el embarazo pudieron influir en las semillas. Sin embargo, el mecanismo exacto no quedó demostrado y la prueba estaba muy lejos de ser suficientemente confiable para un diagnóstico médico.
Los métodos modernos siguieron otro camino.
Durante la década de 1920 se descubrió que la orina de una mujer embarazada contenía una señal hormonal particular: la gonadotropina coriónica humana, conocida como hCG.
Las primeras pruebas exigían inyectar la orina en animales y esperar una reacción biológica. Décadas después aparecieron los análisis inmunológicos y, desde finales de la década de 1970, las mujeres pudieron realizar pruebas en casa.
Hoy, una pequeña tira detecta la hCG con una precisión que los médicos antiguos nunca pudieron imaginar.
El ajo no revelaba el estado del útero y los granos no podían anunciar si nacería un niño o una niña. Pero aquellas prácticas dejaron algo importante: la intuición de que el embarazo producía cambios invisibles en el organismo y que algunas de esas señales podían encontrarse en la orina.
La explicación era equivocada.
La pregunta científica, en cambio, iba en la dirección correcta.
