La mujer que ves aquí no es una mendiga.
Tampoco es una refugiada cuya vida fue destrozada.
Se llama Tarja Halonen.
Fue presidenta de Finlandia entre los años 2000 y 2012.
Durante su mandato, Finlandia fue clasificada de forma constante entre los mejores países del mundo en educación, salud, igualdad social, infraestructura y calidad de vida. Un país pequeño, de poco más de cinco millones de habitantes, con inviernos extremos, que aun así logró niveles de bienestar que muchas potencias nunca alcanzaron.
Y sin embargo, en esta imagen, Tarja Halonen está sentada en la calle, vestida con ropa de segunda mano, pareciendo una persona sin hogar.
No es una escena casual.
No es una campaña publicitaria.
No es teatro político.
Es un gesto deliberado.
Ella lo hacía para sentir en el cuerpo lo que otros sienten todos los días. Para experimentar, aunque fuera de forma mínima y temporal, la vulnerabilidad, la invisibilidad y la soledad social que viven las personas sin hogar y los refugiados.
Y para que los demás también lo vieran.
En sus propias palabras:
> “Yo también podría haber sido una mendiga o una refugiada.
Pero el destino me hizo presidenta.
Por eso siento una profunda empatía por quienes no tuvieron esa suerte.”
No lo hizo para que la admiraran.
Lo hizo para no olvidarse.
Para no olvidar que el poder no es un mérito moral.
Que el privilegio no es una virtud.
Que el liderazgo no consiste en elevarse por encima de los demás, sino en no separarse de ellos.
Este es el tipo de liderazgo que no grita.
No impone.
No humilla.
Observa.
Escucha.
Se acerca.
Porque gobernar no es mandar desde arriba.
Es comprender desde abajo.
Y recordar, incluso cuando todo te protege del dolor, que el dolor sigue existiendo para otros.
Eso es liderazgo.
No el que se mide en poder,
sino el que se mide en humanidad.
