En la región italiana de las Marcas, durante décadas circuló un nombre que muchos pronunciaban con una mezcla de curiosidad y respeto.
Pasqualina Pezzola.
Había nacido en Sant’Elpidio a Mare, pero desde 1935 vivía en Civitanova Marche. Allí, en una casa sencilla, ocurría algo que la gente consideraba extraordinario.
Cada noche llegaban personas.
No más de veinte.
Quien quería verla debía acudir temprano para asegurarse un lugar.
Pasqualina recibía a cada visitante uno por uno.
Se sentaba frente a ellos.
Cerraba los ojos.
Entonces comenzaba un ritual silencioso.
Movía lentamente las manos abiertas desde la cabeza hasta los pies del visitante, sin tocarlo, murmurando palabras que nadie lograba comprender.
Parecía entrar en una especie de trance.
Al terminar, abría los ojos y describía lo que decía haber visto dentro del cuerpo de la persona: órganos enfermos, dolencias ocultas, problemas que aún no habían sido diagnosticados.
Lo sorprendente era que Pasqualina era analfabeta.
No había estudiado medicina.
Ni siquiera conocía anatomía.
Aun así, con el tiempo empezó a ganar fama en toda Italia.
Algunos afirmaban que no solo podía “ver” dentro del cuerpo humano, sino también describir lugares lejanos o situaciones que no tenía forma de conocer.
Su nombre empezó a circular cada vez más.
Entre quienes se interesaron por su caso estaba el endocrinólogo Nicola Pende, una de las figuras médicas más conocidas de su época.
También el escritor Dino Buzzati habló de ella en su libro Los misterios de Italia, donde la describió como un fenómeno paranormal excepcional.
Con los años, la lista de visitantes creció.
Se dice que por su casa pasaron artistas, políticos y personalidades importantes. Incluso se mencionó el interés de figuras como el director Federico Fellini o el papa Juan XXIII.
Pero Pasqualina nunca cambió su manera de vivir.
No cobraba consultas.
Solo aceptaba donaciones voluntarias.
A veces, si alguien estaba pasando dificultades económicas, incluso le daba dinero.
Y había algo que repetía siempre.
No recetaba medicamentos.
No afirmaba poder curar enfermedades.
Y nunca pidió que la gente abandonara a sus médicos.
Simplemente decía lo que, según ella, lograba ver.
Para muchos fue un misterio.
Para otros, una mujer con un don inexplicable.
Pero en las Marcas, durante décadas, bastaba mencionar su nombre para que alguien dijera lo mismo:
Si querías saber qué ocurría en tu cuerpo…
ibas a ver a Pasqualina.
